jueves, 19 de agosto de 2010

Depresión en el adulto mayor

Los trastornos psiquiátricos en el anciano son frecuentes y afectan a lo largo de la vejez, en algún momento de la misma, a una proporción que oscila entre el 60 y el 90% de los casos.

De todos los posibles cuadros psiquiátricos, el más frecuente en la primera mitad de la vejez (de los 65 a los 75-80 años) es la depresión y la prevalencia se reparte entre depresión y demencia, en la segunda mitad, desde los 75-80 años.

Como se ha señalado, la depresión es el tra s t o rno psiquiátrico más frecuente entre los mayores. Su presencia reduce la calidad de vida, incrementa las enfermedades físicas y acorta la vida media. Cuando acontece en pacientes hospitalizados, prolonga las estancias, su recuperación es más lenta y adquiere una peor funcionalidad.
La prevalencia de la enfermedad depresiva en las personas mayores de 65 años se estima que alcanza el 10-12 % de los casos, siendo aún mayor entre pacientes institucionalizados en residencias y en hospitalizados.  Se habla según los diferentes estudios de cifras más altas a las mencionadas.
La depresión es más frecuente en las mujeres que en los hombres, aunque a esta edad las diferencias no resultan tan marcadas como en otras épocas de la vida.

La depresión que sufre un anciano puede haberse presentado por primera vez a esta edad o bien ser continuidad de otros episodios sufridos.
La depresión en la vejez está infradiagnosticada e infratratada. A ello contribuyen varios factores. Por una parte, el anciano tiende a pedir menos ayuda porque él mismo puede pensar que sentirse así es “normal para su edad”. Tiene mayor dificultad que los jóvenes y las personas maduras para identificar el sentimiento y la emoción de tristeza. El anciano manifiesta su depresión a través del cuerpo, con muchas somatizaciones, y frecuentes quejas corporales; y no se suele pedir ayuda al psiquiatra en primer lugar sino que se remite al médico general o a otras especialidades.

Por otra parte, a menudo ni los profesionales ni los familiares lo identifican pues aceptan, quizá de manera inconsciente, como normales los síntomas depresivos o el descenso del ánimo en las personas ancianas.

La depresión es un trastorno del humor, del ánimo, que se acompaña de alteraciones en la actividad, en la capacidad de disfrutar de las cosas; se acompaña de abundantes síntomas físicos como anorexia, cansancio, alteración del sueño, dolores difusos, malestar general o inquietud. El anciano deprimido se encuentra triste, inhibido, sin ilusión por las cosas ni por lo que le rodea, apático, abatido, con pesimismo y sensación de vacío, llanto fácil, irritable, desesperanzado, preocupado, con sensación de soledad e inutilidad; con sentimientos de inadecuación y de culpa, rumiando los problemas y con pensamientos suicidas. Disminuye su apetito, pierde peso, sufre alteración del sueño, y, como se ha señalado, presenta diversas manifestaciones somáticas, con algias vagas y difusas. No disfruta con sus actividades habituales ni con los seres queridos. En algunos casos, ofrece elevados niveles de angustia, llegando a la agitación psicomotriz. Se muestra pesimista y temeroso ante los acontecimientos de la vida. Evidencia abundantes síntomas cognitivos, sobre todo en las depresiones de debut tardío que dificultan su diferenciación con la demencia. En algunos trances aparecen ideas delirantes de culpa, ruina e hipocondría, siendo su manifestación extrema el síndrome de Cottard; en este cuadro, poco frecuente, paradójicamente, el paciente cree estar muerto y vacío por dentro; no come ni bebe y presenta riesgo grave para su vida.
Cuando la depresión alcanza cierta importancia, el paciente, puede tener pensamientos suicidas o realizar claros intentos autodestructivos.

Las causas de la mayor frecuencia de la clínica afectiva en ancianos obedecen a varias razones, mezclándose los factores puramente orgánicos con los psicológicos.
Las personas mayores sufren con más frecuencia enfermedades orgánicas dive rsas como endocrinopatías, enfermedades neurológicas, enfermedades metabólicas, carenciales, carcinomas, etc., muchas de las cuales, además de presentar sintomatología característica, se asocian con síntomas y signos afectivos, sobre todo si
se acompañan de dolor. De hecho, en algunos carcinomas es tan característica su asociación con manifestaciones afectivas que, con frecuencia, preceden éstos a los propios de la neoplasia, como
ocurre con el cáncer de páncreas.

En la vejez tienen más peso que en otras etapas de la vida los factores físicos y la disfunción cerebral, sobre todo en los cuadros que se inician en la tercera edad sin episodios previos. Los factores estresantes, desencadenantes también, repercuten más que en otras épocas de la vida y de manera más grave. Estos
factores desencadenantes contribuyen a la presentación del cuadro y también a la recurrencia o la cronicidad del mismo. Existe una estrecha relación entre el grado de incapacidad, las minusvalías o deficiencias y la sintomatología depresiva. Entre los acontecimientos de especial influencia figuran la muerte de familiares próximos, la emancipación de los hijos, la jubilación. También la vivencia de las rupturas matrimoniales de los hijos es sumamente dramática e incluso puede persistir después de que éstos hayan rehecho su vida. De las más demoledoras resulta la muerte de un hijo, que puede no superarse nunca. Desde el punto de vista psicológico, en las personas mayores se produce una sucesión de pérdidas más intensas y continuadas que
en otras épocas de la vida: salud, posición social, seres queridos, relaciones personales, económicas y de proyectos de futuro. Es la etapa de la vida de la jubilación y de la consiguiente reducción de ingresos económicos, se estrecha el campo de las relaciones con los demás; se mueren personas próximas con lo que al dolor se añade empobrecimiento en las relaciones interpersonales. La salud, a menudo precaria, repercute a su vez en el estado de ánimo y en la reducción del círculo de amistades. Las personas autoritarias, al perder poder y prestigio, se adaptan peor a su nueva condición; los individuos exageradamente independientes
tampoco se acomodan a la situación de precisar la ayuda de otros.

Las personas mayores son el grupo de población que más fármacos consume, siendo la media de 6-8 al día y es aún mayor en los hospitalizados.
Muchos tratamientos provocan como efecto secundario, trastornos del ánimo es el caso de preparados hormonales, benzodiacepinas, neurolépticos, antidiabéticos, antihipertensivos, interferón, antimitóticos, antiinflamatorios,antiparkinsonianos, etc.

A nivel biológico, la clínica depresiva se ve favorecida por una depleción de neurotransmisores y por la reducción del número de receptores.

El pronóstico de la enfermedad es en general bueno, con respuesta positiva en la mayoría de los casos, y con clara mejoría en aproximadamente el 75 %.

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